Yo, mi, me, conmigo

De pequeña soñabas con viajar; pisar fuerte en la que, qué duda cabía, sería la mejor oficina del mundo; rodearte de amigas 24/7 divertidas; pasear de la mano de alguien que besase el suelo descrito por tus tacones de marca e infarto.

De adolescente calzaste destrozapies de Marypaz, rompiste mil y una medias del Día, luciste más culo que falda.

Dedicaste besos (mayoritariamente decepcionantes) a quien, en el mejor de los casos, te dedicaría un “¡qué buena estás!”; confundiste el sabor dulce y el amargo en tus noviazgos de mes y medio; desvirtuaste del uso los ‘te quiero’.

Tú y tus amigas contratasteis un sentido del rídiculo extremista, despidiendo a vuestras ya moderadas autoestimas. Una valla. “La vas a tirar”. Un espejo. “Qué fea soy”. Nocilla. “Voy a engordar”. 

Y así, ¿cómo esperas que piense en mi futuro mamá? ¿cómo esperas que me concentre en la historia del s.XVIII, la literatura del s.XIX o la física del s.XX? ¿crees que van a arreglar estas continuas ganas de llorar?

De joven, tienes dos opciones: prologar tu adolescencia, y consecuente sufrimiento, de forma indefinida o aliear tus prioridades según el principio: “yo, mi, me, conmigo“. Es decir: 

– ¿Quien va primero? Yo.

– ¿Qué va primero? Mi presente y mi futuro.

– ¿Cómo hacer que vaya primero? Queriéndome.

Y repite cada mañana: ¡mis sueños están sólo conmigo!

Sentada y muerta de frío

Llegó el verano. Con todo lo que acostumbraba a traer consigo: calor, vacaciones y risas. Y, esta vez, con algo más. Con alguien más. 
Sin confianza. Sin expectativas. Y como suelen llegar las mejores historias, sin esperarlas. Así, me fue ganando.

Esta vez podía ser diferente. Quizás sobrevivir el fin del verano. Con suerte, con mucha suerte, pero ¿por qué no?

El otoño trajo consigo lo que le faltó al verano: confianza, expectativas, esperanzas. Puse de anfitriona a mi fé ciega para recibir la llegada del invierno.

Pero llegó diciembre, y con él el frío. El invierno volvió a no perdonar, arrasó con las últimas trazas de verano. Y ahí me quedé, sentada y muerta de frío.

Cogerla de mi mano

8:00 am, suena el despertador. Hoy, como cada día desde hace tiempo, sale de su cuarto y va directa al espejo del baño. Por si se le habían olvidado en las últimas 7 horas de sueño, recorre todas sus imperfecciones. Previo juicio, ella dicta sentencia: ‘nadie te va a querer así. Mírate, no te lo mereces’.

Vuelve a su cuarto, se mete en la cama y se echa a llorar. Hoy, vuelve a no querer salir de la cama. ‘Por favor, que llegue deprisa la hora de dormir’, se dice. Desde hace tiempo cada minuto despierta la vuelve más frágil, menos ella.

Sus padres le dicen que tiene la percepción estropeada. ¡Qué la manden a arreglar!, piensa. ‘La solución está en ti hija’, le contestan. ‘¡Pues no la encuentro, ¿vale?’, grita. ‘¡No soy tan fuerte, lo siento!’, se le rompe la voz.

Sus amigas le dicen que son tonterías, que es estupenda. ‘No lo entienden, nadie lo entiende; no quiero insistir, no quiero molestar’, piensa. Y deja de salir, y se encierra aún más en sí misma. ‘Necesito que se acabe, por favor’, susurra cada noche.

Ojalá pudiese prestarle mis ojos. Decirle que es mucho más fuerte de lo que ella cree. Prometerle que sus padres estarán orgullosa de ella, convencerla de que siempre lo han estado.

Ojalá pudiese hacerle ver que su hermano la tiene y tendrá en un pedestal. Contarle que sus amigas no la van a fallar. Presentarle a cada una de las increíbles personas que la vida le va a regalar y que la querrán por lo que es.

Ojalá pudiese volver atrás, cogerla de mi mano y enseñarla a caminar. Porque sí pequeña, se va a acabar.

A tu lista indefinida de mentiras, súmale siempre una más.

Ha pasado ya más de un año,

Desde que conocí que las palabras podían ser sólo eso, palabras. Que podían describir la realidad, pero también manipularla. Que podían declarar sentimientos, o podían fingirlos. 

Desde que conocí que la empatía puede tenerse, o no. Que el ego puede nutrirse de méritos propios o de la progresiva inanición de la persona que tienes al lado. Que la atención y la preocupación pueden ser altruistas, pero también interesadas.

Desde que conocí que del mentiroso no se debe esperar cargo de conciencia. Que el cobarde no dará jamás un paso al frente. Que como decía Sabina, “a menudo los labios más urgentes no tienen prisa dos besos después”.

 

Ha pasado ya más de uno año desde que te conocí. 

Desde que empecé a poner ladrillos en un nuevo proyecto de muro personal. Desde que comprendí que aunque todo aquello existiese, no entraba en mis planes de vida. Desde que entendí que una carcajada no vale cien lágrimas.

Y, sin embargo, a la indefinida lista de tus mentiras, súmale siempre una más. Pero siento decirte que cada vez que mi muro tiembla hay quienes llaman a mi puerta cargados de ladrillos, cargados de razones por las que seguir sonriendo.